Dilluns 27FELLA19:30 h La colonització primària i el racionalisme com a enemic Presentació de 23 Tesis en Torno a la Revuelta a càrrec del seu autor Peter Gelderloos. Dimarts 28Casa de la Solidaritat19:30 h Dels estius de l'amor a l'amor armat Intervenció a càrrec de Ben Morea, membre de Black Mask/Motherfuckers (EEUU). Dimecres 29Ateneu Llibertari del Casc Antic19:30 h Mutar o Morir Presentació de Política Estúpida: Reflexiones a quemarropa (Aldarull Edicions) a càrrec del seu autor Ángel F. Bueno i Daniel Inalámbrico. |
Dijous 30FELLA19:30 h CNT: les primeres passes Presentació de La CNT en pie. Fundación y consolidación anarcosindicalista (1910-1931) (Edicions Anòmia) a càrrec del seu autor Carles Sanz i La CNT y la Revolución Social, 1931-1939 (CNT-AIT Sabadell) a càrrec de Marciano Cárdaba. Divendres 1Ateneu Llibertari del Casc Antic19:30 h Quan la guerra és la pau Presentació del llibre Si vis pacem. Repensar el antimilitarismo en la época de la guerra permanente (Bardo Ediciones) i xerrada sobre militarització a càrrec d'alguns participants de les jornades antimilitaristes de Barcelona del 2010. |
Dissabte 2Rambla del Raval11:00 h La distopia tecnològica Presentació de El mito de la máquina i El pentágono del poder (Pepitas de Calabaza) de Lewis Mumford a càrrec del seu traductor Javier Rodríguez Hidalgo. El salario del gigante (Pepitas de Calabaza), presentació del seu autor José Ardillo. 13:00 h Deixar d'esperar la revolució per viure la revolta Taula entorn a l'insurreccionalisme, teoria i experiències. 14:30 h Menjar vegà 16:30 h Publicacions Intermitents Presentació de les publicacions Terra Cremada, Vísceras i Putas e insumisas. 18:30 h De Txernòbil a Fukushima Presentació dels llibres Chernoblues. De la servidumbre voluntaria a la necesidad de servidumbre (Malapata Ediciones & BS Hermanos Quero) de Roger Belbéoch, Catastrofismo. Administración del desastre y sumisión sostenible de René Riesel i Jaime Semprún, i d'aquest últim també La nuclearización del mundo (Pepitas de Calabaza) a càrrec de Javier Rodríguez, Emilio Ayllón i Helios. |
Diumenge 3Rambla del Raval11:00 h 20 anys d'edició i distribució alternativa Taula Rodona amb motiu del 20 aniversari de Virus Editorial. Hi participaran: Virus Editorial, La Malatesta, Gatazka Gunea i Traficantes de Sueños. 13:00 h A la recerca d'una base teòrica Presentació del llibre Fragmentos de Antropología Anarquista (Virus Editorial) de David Graeber a càrrec d'Adela García (professora d'Antropologia Social de la UB) i Pablo Romero (activista i estudiant d'antropologia). 14:30 h Menjar vegà 16:30 h Anarquisme, violència i il·legalitat Presentació de Oleadas de terroristas: una crítica a la teoría de las oleadas terroristas a partir del análisis comparativo entre el terror anarquista y el fascista (Aldarull Edicions) a càrrec de Francisco de Paula Fernández Gómez i Enemies of society: an anthology of individualist & egoist thought (Ardent Press-EEUU) a càrrec del seu autor, Aragorn. |
Ben Morea fue una de las principales figuras de la contracultura americana. A mediados de los sesenta y tras pasar por la cárcel, se interesó por las vanguardias artísticas y el anarquismo. Conoció a prácticamente todo el mundo de la escena del arte y la política de Nueva York (el artista Jackson Pollock, la feminista Valerie Solanas -amiga de Ben, de quien dijo que sería “el último hombre vivo sobre la tierra”-, Abbie Hoffman, Murray Bookchin…). En 1966 comenzó a editar una revista underground llamada Black Mask, una fantástica mezcla e dadaísmo y anarquismo. Muy pronto, la revista contó con un grupo de seguidores a su alrededor. Ben y los suyos, quienes se llamaban a sí mismos “La Familia”, decidieron unirse a pandillas callejeras bajo la idea de ser una “banda callejera con análisis”. Su inconfundible estilo en sus acciones (interrumpieron exposiciones de arte, atravesaron barreras policiales, atacaron a los MC5 a los que acusaron de vendidos, etc.) les hizo ganarse una terrible y merecida fama de vándalos y sucios entre la bohemia artística, los hippies y los empresarios del rock and roll. En 1968, y debido al acoso policial, decidieron transformarse en una especie de célula revolucionaria conocida como Up Against the Wall, Motherfuckers!, o simplemente Motherfuckers! Finalmente decidieron cruzar el país y marchar hasta Nuevo México. Su rastro, y el de Ben, se perdió allí. Durante los setenta, Ben vivió como un forajido. Ben jamás ha salido de Estados Unidos (incluso cambio su nombre por el de Ben “Eagle” Morea) y sigue viviendo donde siempre, en las montañas de Nuevo Mexico. El año pasado La Felguera Editores publicó el primer libro en castellano que narra su experiencia y recoge los textos, panfletos y carteles de los Motherfuckers/Black Mask: Motherfuckers! De los veranos del amor al amor armado.
Ben estará realizando una histórica gira europea que lo llevará a Oporto, Lisboa, Madrid, Barcelona y Londres, donde ofrecerá distintas conferencias.
Para afrontar la circunstancia que nos acontece es imprescindible empezar a entenderla.
“Política Estúpida. Reflexiones a quemarropa” es un buen punto de partida.
De manos de Ángel F. Bueno, letrista y cantante de Frenopaticss, G.R.B., El Sueño Eterno, y creador y conductor de programas de Contrabanda FM como “Misión Imposible”, con diez temporadas a sus espaldas, o “El Efecto Mariposa”. Escritor de novela, ensayista en Porticoluna.org o redactor en el periódico gratuito de divulgación científica “Satélite” entre otras cosas, pensador de mente inquieta y comunicador nato nos presenta “Política Estúpida. Reflexiones a quemarropa”, singular ensayo socio-político que repasa la escena actual y demuestra que, por ejemplo, conceptos como “democracia” o “pueblo” no significan lo que la mayoría creemos. Así, el autor disecciona la pirámide social y denuncia la ineficacia del sistema político actual que vive en una realidad aparte. Con un lenguaje apto para todos los públicos, a lo largo de un libro de 80 páginas, ameno y sencillo pero contundente, certero, con cada palabra en su sitio y sazonado con pinceladas de cruda ironía.
¿Cabreo? ¿Ansiedad? ¿Rabia? ¿Angustia? ¿Frustración?
¿Cada vez que ve las noticias sobre política y economía aumenta su secreción de bilis y le dan ganas de mandarlos a todos a la mierda?
¿Tiene la sensación de estar pagándole la juerga a una pandilla de sinvergüenzas?
¿Cuando oye las palabras «igualdad», «derechos», «justicia» o «democracia» sufre espasmos de risa histérica?
¿Cuando le pagan su sueldo –en caso de tenerlo, y en caso de que se lo paguen–, se le pone cara de tonto?
¿Cada vez que va a votar oye voces que le susurran cosas feas, como «gilipollas» o «soplagaitas»? Si usted experimenta alguno de estos síntomas puede que haya empezado a sufrir los efectos del «síndrome del descontento». Si los experimenta todos, debe estar echando humo por las orejas…
Este manuscrito no es un medicamento, pero escuece. Usted verá.
Estamos ante un libro de síntesis de la historia de la CNT, desde su fundación en 1910 hasta la proclamación de la República, en 1931.
Es un libro claro y riguroso, breve y preciso, que nos ofrece un relato conciso, sin concesiones ni florituras, de los hechos y teorías fundamentales de los primeros veinte años de la CNT, aquellos que conformaron la fuerza del anarcosindicalismo en España y su carácter revolucionario.
La inmensa bibliografía existente sobre el tema, a veces repetitiva, en ocasiones vacua, y en otras muchas, incapaz de comprender o afrontar los problemas históricos importantes del período, hacen del librito de Sanz un bisturí.
Bisturí que, aplicado quirúrgicamente al voluminoso y tumoral material historiográfico existente, es capaz de expresar en una frase lo que algunos no hacen en varios voluminosos tomos. Sin estridencias, sin acritud, con exquisito tacto, sin perder nunca un tono pedagógico, trata temas tan candentes, difíciles y maltratados, por algunos académicos, como el del pistolerismo, el paso del sindicalismo revolucionario al anarcosindicalismo, o las conquistas fundamentales del Congreso de Sants: el sindicato único y la acción directa como instrumentos de combate, que dejaban atrás vicios reformistas o gremiales del viejo movimiento obrero.
Necesario libro de síntesis, pero no sólo de síntesis, que nos muestra brillantemente el estado de la cuestión al que han llegado las últimas investigaciones históricas sobre el tema.
Sanz trata separadamente organización, táctica e ideología. Diferencia entre sindicalistas, anarcosindicalistas, anarquistas y comunistas. Su empeño pedagógico es tan conseguido y efectivo que cualquier palabreja, como por ejemplo “táctica”, que pueda prestarse a cierta incomprensión o manipulación, es definida con una facilidad elogiable: “su forma de actuar, es decir, su táctica”.
La claridad expositiva de los logros del Congreso Nacional de La Comedia, interpretado bajo mil prismas por los distintos historiadores que han tratado el tema, es condensada en una idea-fuerza fundamental: supuso el paso definitivo a la conversión de la CNT en un organización anarcosindicalista, con una ideología precisa, que la libró y protegió de injerencias políticas que la hubieran desmembrado mucho antes de 1936.
La originalidad de la CNT, como organización revolucionaria de masas, era un hecho excepcional en la Europa de los años veinte. Sanz subraya la importancia del contexto histórico, que contribuyó poderosamente a la radicalización de la CNT: la intransigencia de la patronal, la precariedad del trabajo, un régimen monárquico caduco e incapaz de reformas sociales y una represión omnipresente, que encontró la entusiasta unión de industriales, terratenientes, militares y administración estatal. Y aquí Sanz supera los límites de una síntesis para exponer una tesis propia: no fue tanto la ideología anarquista la responsable de la radicalización de la CNT, como el contexto social e histórico. Tesis evidente y precisa, que Sanz expone con la claridad y fuerza que le concede su permanente honestidad intelectual, frente a tanto académico dedicado a “marear la perdiz”.
Sanz argumenta y explica que la prensa fue una de las claves esenciales de la formidable expansión y crecimiento de la CNT en los años veinte.
El capítulo más extenso es el dedicado al pistolerismo, que realiza una lúcida y detallada narración de la persecución y exterminio de los sindicalistas por el sólido bloque constituido por la patronal, el somatén, la policía, los pistoleros a sueldo y la administración estatal. Ese capítulo narrativo se complementa con otro analítico, titulado “La CNT bajo la Dictadura de Primo de Rivera”, en el que Sanz expone, más allá de su objetivo de redactar una síntesis del período, su propio juicio y teoría sobre las causas, desarrollo y consecuencias del pistolerismo de los años veinte. Y ya avanzamos que es lo mejor del libro. Frente a las tesis obsoletas y disparatadas de tanto académico metido en camisa de once varas, Sanz expone un análisis preciso y contundente. La Dictadura de Primo de Rivera fue consecuencia de los años del pistolerismo; y su principal cometido fue la consolidación y continuidad de una represión que usó todos los medios a su alcance para conseguir el objetivo, buscado desde 1919, por la alianza Estado-patronal: la destrucción de la CNT.
La clandestinidad cenetista produjo la radicalización de los grupos de afinidad, dispuestos a impedir, a toda costa, la muerte de la CNT. Y ahí el análisis fundamental de Sanz (al parecer tomado de Francisco Madrid): “son esos grupos los que mantendrán viva a la CNT y la salvarán, como en otras ocasiones, de su desaparición en momentos de debilidad sindical [y] organizativa”. Esos grupos fueron la respuesta adecuada a la represión. Pero no la única: surgió en los barrios todo “un mundo autónomo proletario, con expectativas revolucionarias”, formando una extensa red de solidaridad y relaciones sociales del que brotaron ateneos, escuelas racionalistas, etcétera.
Muy interesante es la tesis de Sanz, que sitúa la disputa entre radicales y moderados, que en 1931 desembocó finalmente en la escisión de los treintistas, en la decisión, tomada por la Federación Local de Barcelona, de pasar voluntariamente a la clandestinidad, cerrando los locales sindicales y la publicación de Solidaridad Obrera, mientras en el resto de España los Sindicatos permanecían en la legalidad.
En las conclusiones de Sanz, que merecen ser leídas con atención, destacan tres puntos:
1.- Los periodos de clandestinidad o ilegalidad fueron continuos, y en ocasiones muy largos, desde su fundación, y aún antes, si consideramos la huelga general de 1902. Pero la CNT siempre renació, transformada y más fuerte: de ahí el título del libro: La CNT en pie.
2.- El sindicato dejó de ser un fin en si mismo para convertirse en un instrumento de lucha contra el capitalismo.
3.- La proximidad de la Federación Local a la vida cotidiana de los trabajadores, y la aparición de comités de barrio, señalaban un espacio de lucha bien delimitado, con fuertes redes de solidaridad, experiencias reivindicativas compartidas, que abarcaban no sólo el ámbito sindical de la fábrica, sino el cultural (ateneos, bibliotecas, escuelas racionalistas) y el ideológico (prensa, grupos de afinidad), creando una sociedad libertaria paralela.
Conclusiones:
El libro de Sanz es fundamentalmente un trabajo de síntesis, pero no sólo de síntesis, puesto que plantea varias tesis y reflexiones propias, de gran interés.
El tono tranquilo, expositivo y objetivo de todo el libro no debe engañar al lector, puesto que no se trata de la ficticia búsqueda de una vaga neutralidad científica, que tantos pregonan e incumplen, sino de la plácida seguridad de quien se sabe impulsado por una pasión. Un lector atento, y afín, no debe dejar de sentir y compartir esa pasión por la revolución, que late con fuerza en todo el libro.
La claridad suele acompañar al rigor, porque sólo quien domina un tema en profundidad es capaz de exponerlo con la brevedad y precisión de que hace gala Sanz en La CNT en pie.
Al librito de Sanz se le debe aplicar aquella famosa frase de Baltasar Gracián, uno de los mejores escritores del barroco: “Si bueno y breve, dos veces bueno”.
Bajo la necesidad de cubrir un vacío que veíamos, por lo menos en nuestro entorno geográfico más cercano, organizamos unas jornadas antimilitaristas en septiembre de 2010 con la intención de actualizar —o por lo menos aproximarnos a— la cuestión del militarismo y su antítesis en los tiempos que corren. Al organizar las jornadas nos planteamos la pregunta ¿cómo responder a la militarización?
Este libro es una recopilación del material de este encuentro. Algunos textos fueron escritos poco antes de las jornadas, con la intención de que sirvan para reflexionar y preparar los temas a desarrollar, otros son los recogidos allí durante esos días, mecanografiados, y los restantes son reflexiones posteriores o intentos de rescatar lo que, por diferentes motivos, no se pudo registrar.
Esperamos que sirvan para profundizar, analizar y enriquecer las perspectivas, que sean útiles para algo que no sea simplemente reafirmar en el lector o la lectora la falsa idea de que la situación, por ser difícil es irreversible. Nada podría estar más lejos de la realidad.
CAPÍTULO NUEVE: PODER NUCLEAR
[…]
4. Totalitarismo de transición
La reinvención y expansión de la megamáquina no fue ni mucho menos un resultado inevitable producido por fuerzas históricas: de hecho, hasta finales del siglo XIX muchos pensadores esclarecidos creyeron que los cambios fundamentales que estaban teniendo lugar en la civilización occidental, incluso en la tecnología, favorecían a la libertad. Una mente tan desprejuiciada como la de Ernest Renan, haciéndose eco de las opiniones de Comte, podía observar en la década de 1890 que el nacionalismo belicoso estaba menguando, y que la animadversión hacia la guerra estaba tan difundida que sólo el servicio militar obligatorio podía mantener con vida las fuerzas armadas.
Durante la primera parte del siglo XIX, con el abandono de la servidumbre y la supresión de la esclavitud, parecía que estaban alzándose poderosas fuerzas que se oponían al estado de las cosas, lo que conduciría al imperio universal de la ley, el autogobierno y la cooperación a una escala mundial. Incluso en países militaristas como Alemania, todavía en el escándalo de Zabern, en 1912, el gobierno podía conocer la censura del Reichstag por el brutal comportamiento de un único oficial prusiano que había empujado con arrogancia a un zapatero cojo a una alcantarilla y lo había golpeado. La opresión política, la explotación económica descarnada, las enfermedades prevenibles y el hambre parecían estar en declive.
Cierto que estas audaces esperanzas se veían frenadas periódicamente por odiosos estallidos de barbarie colectiva, tales como las matanzas en Armenia y Macedonia, la Guerra del Opio entablada por los británicos en China y las Guerras Bóer en Sudáfrica, con sus campos de concentración, por no hablar del infame comportamiento de los ejércitos occidentales que sofocaron la Rebelión Bóxer en China; sin embargo, hasta el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial parecía que la razón y el humanitarismo llevaban las de ganar, al igual que el entendimiento democrático y la cooperación. Pero el equilibrio que favorecía semejante desarrollo constructivo se vio sacudido por la Primera Guerra Mundial, y la fe que había establecido la igualdad de los avances tecnológicos y humanos quedó socavada o, mejor dicho, gravemente quebrantada por la toma de conciencia de que todas las potencialidades malignas habían aumentado gracias a las mismas energías que había liberado la técnica.
El primer signo de que una nueva megamáquina estaba en proceso de construcción no llegó hasta después de la Primera Guerra Mundial, con el auge de los estados totalitarios, empezando por la Unión Soviética e Italia. Ello revirtió la tendencia hacia los gobiernos representativos y la participación popular que había sido la nota dominante incluso en Rusia en el siglo anterior. La nueva forma de las dictaduras fascista o comunista era la de una organización de partido único, basado en un comité revolucionario autoerigido, y encabezado por una encarnación humana del «rey de derecho divino» de la Antigüedad, no ya ungido por Dios sino, como Napoleón, autoproclamado: un dictador despiadado (Lenin), un Führer demoníaco (Hitler) o un tirano sangriento (Stalin) que promulgan la plena legalidad del poder sin restricciones, conquistado por medios ilegales. Esta doctrina era tan vieja como la sentencia de Trasímaco en la República de Platón, si bien el propio ejemplo tenía, claro está, varios miles de años más.
Pero la nueva megamáquina no creció de la noche a la mañana; y supuso un ingenuo espejismo liberal del siglo XIX desdeñar en la vida contemporánea lo que también desdeñaba o minimizaba en su lectura de la historia: la existencia continuada de la esclavitud desde los inicios de la «civilización» hasta la segunda mitad del siglo XIX, así como de la guerra y la conquista y la explotación del hombre, aceptadas como prerrogativas normales del Estado soberano. Aunque Herbert Spencer había cometido un error colosal en su excesivamente optimista esbozo de la evolución social, equiparando industrialización y paz, merece el honor retrospectivo de haber sido el primero en deducir, a partir del retorno del imperialismo en el último cuarto del siglo XIX, una recaída decisiva en la barbarie: La esclavitud venidera. Al vincular esta esclavitud con el Estado de Bienestar, Spencer se adelantó tanto a Hilaire Belloc como a Friedrich Hayek. El shock llegaría más tarde, cuando se descubrió que la nueva barbarie se veía reforzada, y casi impuesta, por la nueva tecnología.
La reconstrucción de la vieja máquina invisible tuvo lugar en tres etapas principales, a intervalos prolongados. La primera etapa estuvo marcada por la Revolución Francesa de 1789. Aunque esta revolución derrocó y ejecutó al rey tradicional, instaló –con un poder mucho mayor– su contrapartida abstracta, el Estado-nación, al cual otorgó, basándose en la teoría seudodemocrática de la voluntad general de Rousseau, un poder absoluto, como el del servicio militar obligatorio, poder que habrían envidiado los reyes del pasado. Sir Henry Maine, uno de los observadores políticos más sagaces de la era victoriana, se dio cuenta claramente de la verdad que yacía en este diseño: señaló que «el soberano despótico del “contrato social”, la comunidad todopoderosa, es una copia invertida del Rey de Francia, imbuido de una autoridad reivindicada para él por sus cortesanos».
La segunda etapa se abrió en 1914 con la Primera Guerra Mundial, si bien Napoleón I ya había dado muchos pasos previos, seguidos por la autocracia militar prusiana bajo el gobierno de Bismarck después de la guerra franco-prusiana de 1870. Ello incluía el alistamiento de académicos y científicos como brazo del Estado y el apaciguamiento de la clase obrera mediante el sufragio universal, la legislación del bienestar, la educación básica nacional, la seguridad social y las pensiones vitalicias, medidas que Napoleón, a pesar de su alta estima por la ley, la ciencia y la educación uniforme, nunca llevó tan lejos. Si Napoleón hubiera tenido éxito en su conquista de Europa, y si hubiese tenido tiempo para consolidar su régimen militar-burocrático, la megamáquina podría haber emergido, por lo menos a medio camino de su forma moderna, ya a mediados del siglo XIX: de hecho, incluso el confuso ambiente ideológico posterior al napoleonismo le hizo vislumbrar al joven Ernest Renan un futuro no disímil del que encaramos hoy: la dictadura de una élite científica.
Antes de que concluyera la Primera Guerra Mundial se habían esbozado los rasgos principales de la nueva megamáquina. Incluso naciones que ya habían alcanzado un amplio margen de libertad política, como Inglaterra y los Estados Unidos, introdujeron el servicio militar obligatorio; y para hacer frente a la exorbitante demanda de material de guerra, Inglaterra también estableció el servicio de leva en la industria, aunque en unas condiciones un tanto diferentes de las deseadas por Bellamy. Es más, para proseguir la guerra sin caer en la bancarrota –una posibilidad que los economistas de mercado ortodoxos creyeron en su día que haría imposible una guerra prolongada–, el gobierno británico estableció un impuesto sobre la renta más fuerte de lo que jamás se había atrevido a instaurar antes, mientras los organismos científicos se veían impelidos en todos los países a desarrollar armas más destructivas, como las bombas de TNT y los gases venenosos, para acelerar la «victoria».
Así, el poder colectivo en una escala nunca antes lograda aceleró el ritmo del cambio técnico en todos los ámbitos; y el control de la información por el gobierno, con el aprovisionamiento de información a su pueblo, seleccionada de modo oficial y convenientemente aliñada, como medio de «mantener la moral alta» (es decir, aplacar el desengaño y la oposición), concedieron a los gobiernos «democráticos» modernos un primer atisbo del control del pensamiento, sobre una base más eficiente que la de organizaciones anticuadas como las que empleaba la autocracia rusa. Esto dotó a la megamáquina de un valioso complemento a la coacción física y la disciplina militar.
Curiosamente, el primer intento de modernizar la opresiva megamáquina tuvo lugar en Rusia, con la revolución bolchevique. Pero pese a que Lenin y sus colaboradores estaban condicionados por sus premisas marxianas a favor de la ciencia occidental y la industrialización, ocurrió que, al apoderarse del Estado zarista, heredaron en la burocracia el ejemplo vivo más perfecto de la vieja megamáquina, que la competencia económica y la eficiencia industrial habían dejado intacta. Aunque ese sistema se encontraba en un avanzado estado de corrupción y disolución, había impuesto a las masas unos hábitos y unos reflejos que hasta cierto punto favorecieron a la triunfante organización burocrática centralizada. Gran parte de la población estaba ya acondicionada para el servilismo y el culto a un gobernante único y supuestamente todopoderoso.
Aunque los objetivos democráticos de la revolución social pronto fueron salvajemente suprimidos, cuando no olvidados, la dictadura sobrevivió utilizando el aparato social de la burocracia y la coacción psicológica de la anticuada megamáquina. El Estado se apoderó del axioma más insolente del derecho divino: «El Rey no puede equivocarse», y logró traducirlo en una forma positiva aún más absurda: «El Partido siempre tiene razón». Los que se opongan a la Línea del Partido, independientemente de los bandazos y contradicciones que manifieste y de los escasos escrúpulos que muestren los nuevos dirigentes –los apparatchiki– cuando actúan para preservar su posición privilegiada, deben ser condenados como herejes, «bandidos» o contrarrevolucionarios.
Una vez asentada en el poder esta nueva autocracia, se dedicó a acosar, suprimir o destruir a las instituciones rivales (los soviets locales o las comunas agrícolas, las cooperativas, los sindicatos, los grupos nacionales o religiosos disconformes, como los cristianos ortodoxos o los judíos, e incluso a los gitanos). La megamáquina es un elefante que le tiene miedo incluso al ratón más pequeño.
El sistema de coerción, bastante implacable ya bajo el régimen de Lenin y Trotsky, se tornó absoluto bajo el de Josif Stalin, cuyos temores paranoicos, suspicacias y maldad homicida fueron en parte señal de que a la nueva megamáquina aún le faltaba un rasgo esencial que poseía la vieja: una religión que causase reverencia y un ritual de adoración divina que pudiera lograr, mediante la sugestión de masas, una sumisión más completa y una obediencia más abyecta que la que podría obtenerse mediante el terror puro. Como sucedería más tarde con Hitler, la metódica locura de Stalin derivó en una carnicería deliberada a escala absoluta, no sólo de campesinos sino también de grupos y clases con formación, de técnicos adiestrados y mentes creativas, de los que una estructura tan compleja como la megamáquina, incluso en su estado primitivo, depende para su existencia.
De hecho, por un momento Stalin casi logró convertirse mediante el terrorismo más extremo en un rey divino a semejanza de Iván el Terrible y Pedro el Grande. Como han señalado algunos rusos, uno sólo podía dirigirse a él en la forma utilizada en el pasado para tratar al zar. Los solemnes juicios de Stalin sobre cualquier asunto, desde el mecanismo de la herencia genética a los orígenes del lenguaje, eran saludados estúpidamente como si se tratara de la voz de la omnisciencia. Así que se convertían en guías definitivas para académicos y científicos que habían pasado su vida investigando sin llegar a tan concluyentes e indiscutibles verdades. La misma tendencia apareció más tarde magnificada hasta la caricatura –si eso es posible– en las proclamas de Mao Zedong.
En este sentido, la forma estalinista de la megamáquina rusa delataba, incluso antes que Hitler, los defectos más siniestros de la vieja megamáquina: su confianza en la coacción física y el terrorismo; su esclavizamiento sistemático de la población en su conjunto, incluyendo a miembros del partido dictatorial; su supresión de la libre relación entre personas, del libre desplazamiento, del libre acceso a las reservas del conocimiento y de la libre asociación; y, por último, su imposición del sacrificio humano para aplacar la cólera y mantener con vida a su terrible dios sediento de sangre, el propio Stalin. El resultado de este sistema fue la transformación de todo el país en una cárcel, mitad campo de concentración, mitad laboratorio de exterminio, del que la única posibilidad de escape era la muerte. La consigna de «libertad, igualdad y fraternidad» de la Revolución Francesa se había convertido, por una revolución más en torno al mismo eje, en alienación, desigualdad y esclavitud.
Por desgracia, el largo sometimiento a la megamáquina zarista había adiestrado a los rusos en formas de consentimiento dócil que apenas podían distinguirse de la cooperación voluntaria. Aquí y allá una minoría descubría nichos y resquicios en los que podían mantenerse calladamente algunas porciones de vida libre. Pero ay de los espíritus más orgullosos que se atrevieran a disentir en público. El escritor Isaak Bábel, que reivindicaba el privilegio de escribir «mal» –es decir, en disconformidad con la línea del partido– y proclamaba que el silencio también podría ser un modo de expresión efectivo, pronto fue puesto fuera de circulación y ejecutado. Incluso el mutismo podía ser provocativo. Dado que esta revolución, como su sangrienta predecesora, devoró a sus hijos en una metódica orgía de violencia, la megamáquina tardó en producir en número suficiente la nueva élite, cuyas ideas y modos de vida se adecuaran a sus exigencias: técnicos, burócratas y científicos. Afortunadamente, los indispensable científicos, ayudados por el sistemático divorcio entre la ciencia ortodoxa y las cuestiones morales y sociales, siguieron suministrando al sistema las cuotas de nuevo conocimiento que necesitaba para acelerar las operaciones de la megamáquina y llevar a cabo la transición, vía energía nuclear, de la forma arcaica a la moderna.
Antes de morir, Stalin había rehabilitado y magnificado los rasgos más repulsivos de la vieja megamáquina, mientras sus colaboradores técnicos y científicos, voluntariamente o bajo coacción, habían empezado ya a construir los principales componentes de la megamáquina moderna. Debido a su carácter precursor, la forma arcaica domina todavía hoy el sistema soviético, aunque poderosamente reforzada por los nuevos agentes. El hecho de que Stalin, como Lenin antes que él, fuera momificado a su muerte según el viejo proceso egipcio, y se mostrara a la vista para su pública adoración, hace que el paralelismo sea demasiado explícito como para no dar la impresión de una artimaña, como si me lo hubiera inventado yo a fin de respaldar uno de los temas principales de este libro. Pero así fue.
Nos encontramos en la península ibérica en el año 2098. La historia del siglo XXI ha cumplido con algunas de las peores previsiones de los profetas sombríos. A partir de los años treinta comenzaron a producirse serios problemas de abastecimiento de combustibles en el occidente desarrollado y en todas las áreas industrializadas del planeta. Las ciudades iban siendo abandonadas paulatinamente mientras que en las zonas de campo se amontonaba una población flotante y agitada.
En el año 2045 se forma el bloque asiático, la Alianza de la Gran Asia, que se convertirá en una amenaza para la estabilidad de la región occidental.
El año 2048 coincide con un gran movimiento de lucha social fruto del abismo brutal entre los recursos disponibles y las expectativas de la población. Las ciudades, pero también las villas y aldeas, se convierten en el escenario del enfrentamiento civil. Se organiza la Marcha por la Dignidad, que reúne a grandes masas de desempleados dispuestos a arrasar Barcelona.
La situación se hace angustiosa dentro de las fronteras europeas. En el año 2052, en un clima de atentados y de tensiones inéditas, sucede el gran golpe de mano por parte de los estamentos militares y tecnocráticos y se forma el Gobierno Provisional de la Europa Organizada, gran Estado de estados.
A partir de este momento, el Gobierno Provisional intentará por todos los medios gestionar el éxodo urbano e implantar una política autoritaria y militarizada para organizar los asentamientos rurales.
Se trata de una nueva colonización que creará por la fuerza una nueva clase servil destinada a sustituir la mecanización y la automatización de la producción en estado de retirada.
En la región de Levante se emprenderán las obras ciclópeas de canalización de agua desalada para hacer posible el cultivo de alimentos y combustibles vegetales.
El antiguo estado se dividirá en conglomerados agroindustriales que difuminarán los contornos geográficos y que dibujarán un nuevo mapa de la opresión política y económica.
Los largos períodos de sequía y las temperaturas extremas obligarán al nuevo sistema político a crear una fuerza armada encargada de vigilar el empleo del agua y el sistema de canalizaciones, así como de hacer respetar la nueva burocracia hidráulica. Los conglomerados agroindustriales tendrán que actuar articulándose con esta dictadura de los recursos.
Pero hacia los años cincuenta, las tensiones creadas por las grandes potencias en torno a los últimos yacimientos de petróleo, carbón y uranio, llevarán a la guerra global que se prolongará entre los años 2057 y 2069.
La victoria del bloque occidental sólo será una victoria en la forma, ya que la escasez de materias primas, agua y energía impondrá de todas formas unas condiciones generales de derrota. Aún así, la vieja y glotona civilización occidental seguirá su camino renqueante inspirada en los principios de la ecología industrial, dominando las zonas más pobres del planeta y sometiendo a sus poblaciones a las mentiras que ya no son creíbles en ningún lado.
A finales del siglo XXI ya no quedará recuerdo de la cultura del consumo de masas ni de las grandes ciudades caóticas e hipercontaminadas. Sólo quedará un mundo agotado y semidesértico, sometido a una ecología policial, que se arrastra hacia la disolución. Las ciudades serán la cáscara vacía de un inmenso poder hecho de ilusiones tecnológicas.
Las naciones desarrolladas se organizarán en torno a grupos jerárquicos bien diferenciados, donde dominarán los técnicos, los militares, los burócratas y los expertos en geoingeniería y ecología industrial. Las masas de antiguos colonos estarán reducidas en enclaves productivos estratégicos, adoctrinadas para pensar que antaño la situación era aún peor.
El mundo móvil del siglo XX, impulsado por el combustible fósil es sólo un recuerdo. Sin fuentes de energía accesibles, las viejas estructuras de poder que eran capaces de impulsar por todas partes sus flujos de capital y de información, se han esclerotizado. ¿Qué hacer con un mundo que se va paralizando pero que aún vive dominado por el sueño del movimiento frenético de la época anterior?
En este escenario es donde trascurrirá nuestra historia, hecha de recuerdos, de encuentros, de proyectos.
En el año 2098, Alberto Losán, ingeniero veterano de la nomenclatura técnica, regresará de su autoexilio en la región ártica para proponer un proyecto de producción de energía al gobierno, en la capital del viejo reino desarbolado y decadente…
VISCERA es un proyecto de ensamblaje escritural, colectivo y autogestionado, que intenta registrar las múltiples experiencias de lucha y creación, resistencia e investigación, en los distintos frentes de la realidad que nos toca vivir en las coordenadas espacio territoriales estalladas en que habitamos, nacida en Barcelona impresa en Chile, circula indocumentadamente por el planeta tierra.
VISCERA nace con el objetivo de trazar un punto de comunicación entre latinoamerica y europa, con el objetivo de provocar el conocimiento, la interacción, el aprendizaje y apoyo mutuo a partir de la puesta en común de los diversos conflictos con los que nos enfrentamos a diario. Partiendo de la base de que en cada lugar, las luchas se constituyen a partir de sus propias tradiciones, que conforman sus propios códigos y esos elementos son los que intentamos poner en circulación para que las luchas locales tengan resonancia internacional y a su vez presenten nuevas herramie, para la invención de nuevas formas de lucha en otras latitudes.
VISCERA no se piensa solo como una revista, sino como parte de un proceso en el cual inciden distintos colectivos políticos, sociales y culturales, con lo cuales intenta hacer red y generar complicidades, por lo tanto es un espacio abierto, en movimiento y un canal de expresión de tod@s aquell@s que se interesen en difundir lo que nos esta sucediendo.
VISCERA emerge como un espacio dado por distinos cruces de sensibilidades, que abren discusiones múltiples, plurales, diversas, provocando las alteraciones y rupturas individuales y colectivas en torno a nuestro devenir filosófico político, antropólogico, artístico, desde un compromiso militante y en apertura a la experimentalidad de la acción libertaria.
Putas e insumisas. Putas, porque cualquier mujer que subvierta su normativa de género es frecuentemente asimilada con este estigma. Insumisas porque se resisten a los designios de su supuesta condición natural, pacífica y conformada. Muchos son los motivos que convierten a las mujeres en representantes de una feminidad aberrante y monstruosa. Pero, sin lugar a dudas, el uso de la violencia y la transgresión de las normas sociales y jurídicas son hechos paradigmáticos de la transgresión femenina. Putas e insumisas intenta aportar algunos datos y reflexiones en torno, no solo a esas transgresiones femeninas, sino también a los castigos que se otorgan a las mujeres no conformadas con su rol de género.
Algunos escépticos incorregibles acusan al poder soviético de no haber gestionado correctamente la situación accidental, ya durante, ya después del accidente. Pero ¿qué tendría que haber hecho el poder, qué habría tenido que decir para que la gestión hubiese sido correcta? ¿Qué tendría que haber hecho o dicho a los liquidadores enviados al techo del reactor fuera de control para sofocar el incendio, a los pilotos de los helicópteros que cubrieron de arena, boro y plomo el núcleo en fusión, o posteriormente a los equipos que construyeron el sarcófago? [...] ¿Es seguro que esta mano de obra habría sido tan dócil y tan valiente si los responsables le hubiesen explicado con detalle todos los riesgos conocidos que iban a hacerle correr, precisando que a buen seguro existían otros muchos desconocidos, y que su coraje iba a permitir dar con ellos?
[…] La catástrofe histórica más profunda y más real, la que en última instancia determina la importancia de todas las demás, reside en la persistente ceguera de la inmensa mayoría, en la dimisión de toda voluntad de actuar sobre las causas de tantos sufrimientos, en la incapacidad de considerarlas siquiera lúcidamente. Esta apatía va a resquebrajarse, en el curso de los próximos años, de manera cada vez más violenta por el hundimiento de cualquier supervivencia garantizada. Y quienes la representan y la alimentan, cultivando un precario statu quo de ilusiones tranquilizantes, serán barridos. La emergencia se impondrá a todos y la dominación tendrá que hablar por lo menos tan alto y claro como los propios hechos. Con tanta mayor facilidad adoptará el tono terrorista que le conviene cuanto que estará justificada por realidades efectivamente aterradoras. Un hombre aquejado de gangrena no está dispuesto a discutir las causas de su mal, ni a oponerse al autoritarismo de la amputación. […]
This book tells the story of the most neglected tendency in anarchist thought; egoism. The story of anarchism is usually told as a story of great bearded men who had beautiful ideas and a series of beautiful failures, culminating in the most beautiful failure of them all in the Spanish Civil War. A noble history of failed ideas and practice.
Egoism, and individualist anarchism, suffers a different kind of fate. It is not a great history and glorious failure but an obscure series of stories of winning. Victory defined by the only terms that matter, those who lived life to their fullest and whose struggle against the existing order defined them. This struggle was not one of abstractions, of Big Ideas, but of people attempting to claim an authentic stake in their own life.
Inspired by the writings of Stirner's "The Ego and His Own" the assertion these people make it not of the composition of a better world (for everyone) but of how the machinations of society, especially one of abstractions and Big Ideas, have shaped the individual members of that society. How everything that we know and believe has been shaped by structure and intent into a conformed, denatured shadow of what we could be.
Individualists anarchists have always argued that anarchism should not be a version of heaven on earth but a "plurality of possibilities". This has relegated their activity to the actions that people make in their lives rather than participating in political bodies and formations that shape, and participate in, society. Egoists have gone to war with this world, robbed banks, practiced free love, and won everything except those things worth nothing: history, politics, & acceptance by society.
People like you have been denounced as enemies of society. No doubt you would indignantly deny being such and claim that you are trying to save society from the vampire of the State. You delude yourselves. Insofar as society means an organized collectivity having one basic norm of behavior that must be accepted by all (and that includes your libertarian communist utopia) and insofar as the norm is a product of the average, the crowd, the mediocre, then anarchists are always enemies of society. There is no reason to suppose that the interests of the free individual and the interests of the social machine will ever harmonize, nor is it desirable that they should. Permanent conflict between the two is the only perspective that makes any sense to me. But I expect that you will not see this, that you will continue to hope that if you repeat the free society is possible enough times then it will become so.
(…) Terror, Terrorismo o Terrorista son palabras y conceptos totémicos, fomentados, normalmente, por los poderes vigentes mediante los sistemas educativos y los medios de comunicación de masas, los cuales se interiorizan en el seno de la cultura. (…) La fuerza normativa de estos conceptos hace que quienes sean tildados de esa forma queden desprestigiados, ilegitimados, estigmatizados y dan a quien otorga ese calificativo y lo impone socialmente, normalmente los estados, carta blanca para hacer y deshacer a su antojo, sin ningún tipo de pudor, utilizando muchas veces formas de actuación que miradas de manera fría y distante serían más horribles que dos torres en el corazón de Manhattan cayendo tras el impacto de unos aviones plagados de pasajeros ‘inocentes’ (…)